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La compulsiva ansiedad de fingir distracciones: la procrastinación

Yo creo bastante en la suerte. Y he constatado que, cuanto más duro trabajo, más suerte tengo.
Thomas Jefferson
(1743-1826) Político,  Inventor y Profesor estadounidense

Nuevo Gigante El avestruz corre en zig-zag cuando huye de sus depredadores; se dice, además, que entierra la cabeza en la arena en busca de protección y claridad cuando no sabe muy bien qué hacer. El denominado «síndrome del avestruz», se aplica cuando se desea ilustrar el acto de huir de los problemas y/o quehaceres. Mucho de aquello puede ser relacionado directamente con el concepto «Procrastinación». Procrastinar puede ser entendido como el «retrasar o desatender una tarea por otras de menor importancia». Si bien, hoy vivimos en un mundo colmado de deberes y responsabilidades, más de las que nuestros antepasados hubiesen llegado a imaginar, muchos de esas responsabilidades no son más que detractores de nuestra concentración y estabilidad psico-emocional.  La procrastinación se encuentra directamente ligada al tiempo en función del grado de importancia que le conferimos a las actividades que debemos hacer.  Por lo que se ciñe al ámbito del deber y la productividad, puesto que de no tener impuesta esa labor o actividad, el procrastinar no existiría.
Pero también es cierto que tener responsabilidades y deberes forma parte propia, natural y constitutiva de la condición humana, tanto en el plano natural como en el convencional, el problema surge cuando no damos la prioridad suficiente a los quehaceres que debemos, intercambiándolos por otros menos productivos.
Cada vez que huimos de aquello que postergamos no sólo termina con una tarea inacabada sino que provoca ansiedad y angustia.

Pero aún sabiendo esto, ¿por qué razón no finalizamos de una vez el trabajo si estamos conscientes de los problemas que trae consigo procrastinar? ¿de dónde proviene esta falta de resolución?

Abordemos lo anteriormente expuesto a partir de dos ejemplos que nos ayudarán a comprender mejor la situación e implicancias:

  La dificultad del trabajo en sí mismo y la falta de motivación para comenzar a realizarlo

 Sobre la poca resolución y el aspecto urgente que estriba en la valentía al enfrentar el problema

Un dragón que mora en silencio...

Nos dan una tarea que realizar y tenemos tres semanas para entregarla. Me confío, queda bastante tiempo, así que no me preocupo en absoluto. En ese momento es sólo un trabajo que debo realizar «en algún momento» y no entregar hasta la tercera semana del mes. Pero, me conozco y sé que tiendo a dejar para el final las cosas. Entonces, en ese momento el trabajo que era tan sólo un trabajo más, se transforma en un dragón que mora silencioso en el cajón de mi escritorio.  

El tiempo va pasando, y pese a sentir ansiedad y angustia en lugar de tomar ese trabajo convertido en dragón, mirarlo directamente a los ojos y enfrentarlo como sé que debería, hago cuenta que no existe, yéndome a hacer otra cosa. 

Aparentemente, quité de mi vista el «obstáculo», pero aquello que mora silencioso en el cajón me atormenta cada vez que puede:  me asedia de día y de noche, me hace dormir mal, incluso boicotea mi tranquilidad enchándome a perder momentos agradables cada vez que pienso en él.

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Cada vez que huyo del dragón, este dragón que antes no era tal, se hace más grande y yo más pequeño. Llevaremos, así, una lucha de poder destinada a fallar a su favor, si es que no rectifico mi actitud. Lo que debo hacer es afrontándolo y privarlo a la posibilidad de resentir mi autoestima y controlar mi disciplina.

Así es como este panorama común y nefasto termina por convertirse en una herida abierta cada vez que «eso» espera por mi.  

Seguir sin tomar acción y responsabilidad golpea fuertemente nuestra autoestima porque indica nuestra falta de disciplina, nos auto-percibe como cobardes (quizá debido a la incapacidad de regular un eventual fracaso) Si ocurre debido a esto último, probablemente sea un indicador de falta de confianza o de encontrarnos faltos de competencias. Lo cierto, es que  procrastinar producirá angustia y sufrimiento a la larga. 

La cobardía es negligencia con uno mismo

Veamos esta vez un caso no muy distinto

Pensemos en que alguien nos molesta o se mete con nosotros queriendo dañarnos y, por las razones que sea (quizá por temor o por no querer formar problemas y ahorrarnos un momento incómodo) no somos capaces de enfrentarlo. Lo que ocurrirá será que esta persona se hará más grande porque aprenderá que cuando abusa de nosotros no hay consecuencias. Aprenderá que tiene el poder y libertad de hacerlo cuantas veces quiera porque,  pareciera no importarnos, porque no hacemos nada para que eso cambie.

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Es más fácil detener a alguien que se burla de nosotros por primera vez, que detener a alguien que lleva burlándose de nosotros toda la vida

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El problema es similar al caso anterior con el dragón,  no obstante, en este último existe un factor externo de mi angustia. En ambos casos, si no hago algo, mi autoestima estará condenada a estar siempre a su merced y en claro descenso. Este descenso hará qué, más temprano que tarde, la imagen que tengo de mí comience a molestarme, asqueándome al punto de insegurizarme en el futuro. 

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La procrastinación es un tipo de cobardía que daña gravemente nuestra calidad de vida

¿Nos gustaría que nuestros seres queridos nos vieran con lástima: aplastados o dañados a raíz de nuestra propia incapacidad de lidiar con las dificultades, creando incluso problemas que en realidad no existen?

Es más, en el fondo está la esperanza e ingenua presunción de que no volverá a ocurrir, que no lo volverá a hacer… pero nada garantiza que finalmente así sea. Viviré alerta y con miedo, pues temeré de lo que pueda hacer conmigo.

Indistintamente, termina siendo un asunto de poder porque cada vez que ignoro algo que debo hacer sabiendo que es importante, le otorgo poder a «eso» haciéndolo más grande mientras que yo me empequeñezco. 

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Seguir sin tomar responsabilidades y sin hacerse cargo de uno mismo es algo que se entrena de la misma forma en que revertirlo también se entrena. Aquello de "lo haré después, aún queda tiempo" es un gesto facilista y cobarde que se emplea a diario para no tener que lidiar con el problema de salir de nuestra "zona de confort", la cual creemos que desinteresadamente nos cobija y que, por el contrario, no hace más que debilitarnos

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Un procrastinador se hace, no nace

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¿Pero, de dónde proviene este deseo de dejar de hacer aquello que debemos hacer? 

Según Joseph Ferrari y Timothy Pynchyl, profesores expertos en conducta, afirman que el entorno es un fiel reflejo de nuestra conducta y desempeño en el ámbito de la productividad señalan que mucho de este problema tiene su origen en el entorno y en la primera infancia , ya que es en la crianza en donde configuramos modelos que replicaremos con respecto a la percepción que tendremos sobre el trabajo. Dirán, que mucha de la visión que nos hagamos sobre las actividades a desempeñar tendrá relación partir de cómo los adultos visualizan sus propios quehaceres, por lo que si se está inmerso en un entorno en donde la noción de trabajo se percibe como si fuese un castigo o algo que provoca aburrimiento y rechazo, la concepción sobre este no será muy auspiciosa. Por otro lado, si se ha sido formado en un ambiente demasiado autoritario y aprehensivo, el trabajo terminará viéndose como una forma de rebelión más que una forma de voluntariosa y personal satisfacción. 

Existen tres tipos de procrastinador:

Primer Grupo:

Aquellos que temen al fracaso o al éxito, ya que tienen miedo de las opiniones de las otras personas.

Segundo Grupo:

Aquellos que no pueden tomar decisiones ni hacerse responsables de las consecuencias que conlleva esa toma de decisiones.

Tercer Grupo:

Aquellos que aman la emoción de hacer todo a último momento. Conducta que los angustia y estresa frecuentemente

La solución para los procastinadores pertenecientes al:

  Primer Grupo, se consigue fortaleciendo la autoestima

 Segundo Grupo, no es otra cosa que comprometerse consigo mismos y aumentar su nivel de responsabilidad frente a lo que hacen y no hacen.

 Tercer Grupo, resulta algo más difícil de solucionar por ser una conducta aprendida, pero se soluciona teniendo la predisposición  a no dejar todo para el último, haciendo trabajo en partes o por capas. Este tipo de procrastinadores es del tipo que dice sentirse a gusto y hasta enorgullecerse de esta forma de proceder, principalmente porque tienen la idea que “bajo presión hago las cosas mejor”. El problema es que, finalmente, durante el proceso no se dé lo mejor debido al reducido tiempo que empleamos para reflexionar y materializar, desgastándonos psicológica y emocionalmente destruyendo la posibilidad de generar disciplina y hábitos de trabajo.

Cultivando la práctica: las 3 etapas del hábito

Cualquier esfuerzo resulta ligero con el hábito.
Tito Livio
(59 a.C- 17 d. C) Historiador romano

Un hábito es como una vereda en el pasto, es decir, un lugar que a fuerza de repetido transito se termina convirtiendo en camino. Por lo que, cada vez que se camina a través del pasto, el camino se hace más visible, en cambio, si se deja de transitar por ahí, el camino se borra por desuso. Así es como operan los hábitos, tanto los buenos como los malos hábitos.

No resulta extraño para nadie que un hábito allana el camino dada la condición repetitiva de nuestras acciones. Esto con el paso del tiempo producirá disciplina minorizando el esfuerzo.

Veamos a continuación las 3 etapas necesarias para cimentar un hábito perdurable:

Señal de Inicio

La señal de inicio es aquello que nos pone en marcha. En el caso anterior vendría siendo ese sentimiento de ansiedad, miedo o estrés que se experimenta ante la presencia de una actividad a realizar o problema (dragón o matón-bully)

Rutina Asociada

La Rutina Asociada es aquel patrón que frecuentemente adquirimos y realizamos voluntariamente. En este caso, tras sentir esta sensación desestabilizante (ansiedad, miedo o amenaza) huyamos, no mirando de frente el problema y afrontándolo. Escondiendo la cabeza en la arena al tiempo que escondemos al dragón en el cajón quitándolo de vista. O, en el caso de bullying, quedándome en silencio luego de haber sufrido una humillación.

Recompensa Asociada

La Recompensa Asociada a la rutina, sería aquel sentimiento de seguridad que me produce replicar dicha rutina. Sentir que nos hacemos un bien al dejar al dragón dentro del cajón trae consigo una recompensa momentánea, pero no duradera, pues la única recompensa duradera es la satisfacción de haber terminado el trabajo. Tratar esto habitualmente consigue aumentar nuestra ansiedad perjudicando nuestra calidad de vida.

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Cada vez que ejecutamos la rutina de la procrastinación por las razones equivocadas, terminamos fortaleciendo el hábito de la cobardía o la pereza, ocasionando de manera voluntaria que el problema crezca

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Interrumpe las interrupciones: trabaja en tu enfoque

Hoy, más que nunca, con teléfonos inteligentes que nos notifican absolutamente de todo y sobre todo, no es de extrañar que exista una abrumadora ansiedad casi compulsiva de tener que «consultarlos» a cada momento. Los teléfonos e Internet más que ser una forma de mejora sobre nuestros conocimientos y productividad, han terminado por ser un lastre en cuanto a nuestro nivel de atención. Misma cosa ocurre con las redes sociales, por lo que direccionarlas sabiamente puede significar una enorme ayuda para nuestro trabajo; por el contrario, si damos cabida a responder cada mensaje que llega o a consultar qué hizo o qué no hizo alguien, definitivamente seremos menos productivos. El entorno condiciona fuertemente lo que estamos dispuesto a hacer o dejar de hacer, por lo que, si estas herramientas se vuelven un perjuicio, se capaz de preverlo a tiempo. 

Siguiendo con el entorno: si tus amigos son flojos y prefieres salir con ellos antes de terminar algo que sabes que, de no hacerlo no podrás pasar un rato agradable con ellos, mejor no salgas. Haz el trabajo primero. Si no empleas bien el tiempo, el único tiempo que te regalarás será para generar más justificaciones de aquello que omites y también más culpa sobre lo que dejas de hacer. Por lo tanto, se vuelve imprescindible aprender a bloquear las distracciones. 

Conócete

Hay personas que pueden trabajar al aire libre, otras, por ejemplo, que necesitan de un escritorio y cero ruidos, mientras que están aquellas personas que son productivas con los audífonos a todo volumen insonorizando lo que está fuera.
La decisión es personal, pero siempre es útil conocer en qué entorno trabajas mejor.

 

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Lo cierto es que cada vez que huimos de algo que debemos hacer, ya sea por sentirnos incómodos o en peligro "a causa de algo"; creamos una ilusión de seguridad que no se ajusta a la realidad torturándonos a cada recuerdo. La clave está en saber qué es lo que nos pone en un peligro real y bajo qué parámetros concebimos sentirnos a salvo

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Así que hazte la idea y comencemos con algunos tips que te simplifcarán el trabajo hoy, en lugar de dejarlo para mañana

El buen tic tac: la ansiedad redirigida

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Prueba la regla de los 15 minutos y optimiza tu trabajo de una vez y para siempre

Bien sabemos lo difícil que es "autoconvencerse" cuando tenemos ante nosotros una tarea que no nos atrapa como debiera. Cuando esto ocurra y el ánimo escasee...

Usa la regla de los 15 minutos (en 2 simples pasos)

Toma nota:

Coloca 3 alarmas, todas con una diferencia de 15 minutos una de la otra.

1.- Los primeros 15 minutos vuélcate de lleno al trabajo (no te será tan difícil sabiendo que sólo serán 15 minutos y después tendrás otros 15 de relajo) una vez terminados los primeros 15, toma el descanso, pero sólo el tiempo convenido. Ahora, si deseas tener más descanso que el único modo sea ampliar proporcionalmente el tiempo de trabajo.

2.- En cuanto suene la alarma y el tiempo de descanso haya terminado, prosigue con el trabajo. Repite el modelo y ve cómo aminora la carga y percepción del trabajo, ya que este parecerá más un juego que una imposición difícil de sobrellevar.

TRABAJO TERMINADO
LISTO 100%
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La importancia acerca de la elección del trabajo a realizar es importante para no procrastinar. Existen dos opciones por las cuales se procrastina aún trabajando: trabajas en nada o trabajas en algo menos importante. La respuesta está en trabajar en lo que realmente importa

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Obra empezada, medio acabada: el trabajo en capas

Tú podrás retrasarte, pero el tiempo no lo hará
Benjamin Franklin
(1706- 1790) Político, Científico e Inventor estadounidense

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Cuando eres un procrastinador lo más difícil es empezar. Lo primero que necesitamos entender es que la procrastinación se alimenta del tiempo que perdemos pensando en cómo tenemos que hacer dicha actividad. Pensar tanto en pasado o en presente en lugar de tan sólo comenzar provoca un estrés gratuito. No olvides que la procrastinación es el asesino de las oportunidades.

Si tienes un trabajo esperando en el cajón, un libro que leer, un artículo que escribir o una información importante que hacer saber o cualquier cosa que estés relegando para que, mágicamente se concrete, hazlo. Lo harás una vez y saldrás del problema.

Evalúa las prioridades y deja de lado lo que no aporta y que a veces produce satisfacción rápida, pero no te quita el trabajo de encima. Si debes entregar algo para los próximos días, comienza hoy; si debes entregar algo para las próximas horas no te pongas a ver un capítulo en Netflix de esa serie que tanto te gusta porque sólo provocarás un sentimiento de culpa. Vela una vez terminando el trabajo o avanzado lo suficiente. Por lo que no es lo mismo dejarlo para el día anterior a la entrega que hacerla por tramos, quizá 30 minutos o 1 hora  cada día hasta que no te des ni cuenta cuando no falte nada para terminarlo. 
Usa la regla de los 15 minutos tratada en el apartado anterior. 

Es mejor ver un trabajo por capas en las cuales puedes ir puliendo esmerada y concienzudamente cada parte que apuntar para cualquier lado y no terminar ninguna con el resultado deseado. Si desparramas mucho más de lo que ordenas te verás en algún momento sobrepasado por la tarea. Una buena recomendación es que comiences por lo más difícil, ya que eligiendo lo más difícil hará que le brindes más tiempo haciendo que lo restante sea más sencillo.Habitualmente las tareas que vemos como difíciles sólo parecen serlo en apariencia, pero no lo son tanto una vez que comenzamos.

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Procrastinar es sacar provecho de satisfacciones que no son de provecho

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Si la gente se premiara cada vez que hace algo que les daba pereza empezar, darían muchas más ganas de terminarlo porque habría motivos para terminarlo. No se trata de premiar cualquier cosa por más mínima que fuera porque de ser así estaríamos incurriendo en una solapada procrastinación, ya que, generalmente el primer premio que nos damos es dejar de lado el trabajo. Más bien se trata de brindarse un pequeño incentivo. Hacer esto cuando es correcto fomenta la disposición y nos vuelve más productivos al cambiar nuestra disposición cuando sabemos que no lo estamos siendo. 

Hazte consciente cuando estés procrastinando o cuando comiences con justificaciones y estés a punto de hacerlo.

Pregúntate sobre las ventajas y desventajas del trabajo  ¿Qué es lo mejor que podría pasar si lo hago? ¿Qué es lo peor que podría pasar si dejo de hacerlo?

¡Ya sabes lo que debes hacer! 

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